Víctima del atentado terrorista en Bataclan: “Hay veces que es peor salir vivo, que no salir”

En 2006 acudió a ver a los Eagles of Death Metal’. Casi 10 años después, el 13 de noviembre de 2015, decidió juntarse con unos cuantos amigos y repetir la experiencia en la sala Bataclan de París, Francia. Durante la actuación, varios terroristas armados accedieron al interior de la sala disparando de forma indiscriminada con armas de gran calibre. Dejaron más de un centenar de fallecidos, más de trescientos heridos e innumerables heridas psicológicas difíciles de curar.

Hoy está en ‘Minuto a Minuto’ una superviviente del atentado que asegura, con rotundidad, que no se arrepiente de haber ido al concierto.

PREGUNTA: ¿Qué sucedió aquel 13 de noviembre?

R: Llegamos un poco más tarde al concierto porque mi amiga salía tarde de trabajar, además tomamos alguna copa antes de entrar a la sala. Fumamos un cigarro todos y entramos. El concierto aún no había comenzado, estaba todo apagado. Todo genial, estábamos con unas cuentas cervezas, había mucha gente y estábamos felices. Yo estaba junto a un señor enorme y sabía que me iba a tapar durante todo el concierto. Íbamos a por cañas a la barra, volvíamos… todo normal. Hasta que un amigo me dijo que me iba a buscar otra cerveza, pero yo no le acompañé. No me apetecía. Él fue a la barra, se pidió la cerveza y de repente, sonó un petardo, un ruido muy seco y pesado.

P: ¿Qué imagen se le viene a la cabeza cuando recuerda aquel 13 de noviembre?

R: Me veo envuelta en papel albal dorado, en ese papel que se ve en las televisiones que ponen a las víctimas. La primera sensación que se me viene a la cabeza cuando tengo frío es esa. Me veo sentada en la acera, con mis cuatro amigos mirándonos y con el ruido del papel de fondo.

P: Cuando escuchó aquel ruido tan seco y pesado, ¿qué fue lo primero que pensó?

R: Pensé que sería algo del espectáculo y que saldría humo o fuego por algún lado. Nos dimos la vuelta todos para mirar de dónde venía el ruido. Me miré con mi amiga y vimos que mi amigo, el que fue a por cervezas, ya no estaba. Recuerdo a un tipo, una sombra que se acercaba hacia el bar con toda la cara tapada hasta el cuello. Ahí empezó todo. “¡Al suelo, al suelo!”, sólo oíamos eso. No recuerdo cómo acabé en el suelo, pero me tiré.

P: ¿Cómo se dio cuenta de lo qué estaba pasando?

R: Cuando vi las banderas lo averigüé enseguida. Recordé cuando cubrí los atentados de Charlie Hebdo, e identifiqué su modo de actuar. “Francia está en Siria, y ahora Siria está en Francia”. Esto es lo que gritaban en francés nada más entrar.

Recordé cuando cubrí los atentados de Charlie Hebdo, e identifiqué su modo de actuar. 

P: ¿Qué pasó después?

R: Estábamos tumbados en el suelo. Mis amigos, toda la sala… también el señor grande que estaba al principio. La imagen que se tiene desde fuera es que estábamos en silencio, pero no era así. Nunca parábamos de hablar, lo hacíamos en voz baja, pero jamás callados. Solo había silencio con las ráfagas de los tiros. El señor grande estaba hablando con un amigo suyo y estaban diciendo que “por cojones iban a salir de ahí”. Así que se levantó y noté frió en el cuerpo cuando se separó de mí, escuché varios disparos, y se cayó encima de mí, fracturándome tres costillas. Jamás aparté al señor. Era como un escudo para mí, me protegía de los tiros. Siempre he dicho que me salvó la vida, y que gracias a su muerte yo estoy aquí.

P: ¿Cómo fue el momento en que el usted se levantó y echó a correr? 

R: Mientras estábamos en el suelo, había un señor junto a nosotros que no conocíamos, pero que controlaba todo. Nos decía todo el rato qué veía, cuánto le costaba recargar el arma, y que estuviésemos atentos. No le hacíamos ni caso. Pero el hermano de mi amiga nos dijo que le teníamos que hacer caso, que no nos quedaba otra. El señor calculó, más o menos, los segundos que le costaba recargar. Así que cuando nos dijo “ya”, me levantaron y echamos a correr. Vi gente arrastrándose, a gatas y otros que se levantaban y se volvían a tumbar.

P: El suelo ya no era un suelo, ¿verdad?

R: No pisas un suelo normal. Pisas un suelo en el que hay gente, pisas a vivos y a muertos. Pisas manos, espaldas, cabezas, piernas y todo eso cruje y tiene un ruido. Todo eso es blando. No piensas lo que pisas, es más, en ese momento te estorban. Solo piensas en ti. Al final me tropecé y me caí. En ese momento pensé que ahí me moría. Solo pensé que no quería morir ni así, ni ahí. Pero claro, en el suelo me encontré con caras. Una persona me miró y me dijo: “Ayuda, ayuda”. Pero no le hice ni caso. Me siento cien por cien culpable de cómo actué. No sé si estará viva, muerta… Es uno de los peores recuerdos que se te pueden venir a la cabeza. El hecho de no haber intentado salvar a más personas. Me sentía fría en el suelo y me toqué la cara después, estaba cubierta de sangre de la gente. Conseguí levantarme, echar a correr y salir de la sala. Mientras corría encima de la gente oía ráfagas de tiros, pero no podía mirar de dónde venían, solo quería salir de ahí y no morir. Acabamos en un baño cerrado con más gente dentro, nos abrieron y nos quedamos un rato ahí.

Se oían ráfagas de tiros y risas de los yihadistas

P: ¿Cómo era el ambiente en la sala?

R: Olía a pólvora, a sangre, a metal, a azufre… Se oían ráfagas de tiros y risas de los yihadistas. Yo veía a dos yihadistas, tapados. Pero uno de ellos se quitó la máscara por el calor y pude ver sus rasgos. Pero no los recuerdo. Había mucha luz en la sala. Las luces del escenario alumbraban bastante, pero todos tenemos el recuerdo de oscuridad, es curioso.

P: ¿Cómo fue ese rato en el lavabo?

R: Estábamos unas 9 personas, creo. No sé cuánto rato estuvimos, si me dices un día entero, te creo. Se me hizo eterno. Fue la primera vez que cogí el móvil para mandarle un mensaje a una amiga mía y decirle ‘adiós’ y explicarle dónde estaba y lo qué había pasado. No recuerdo casi la conversación, pero tampoco quiero saber cómo fue. Gracias a un chico que estaba conectado a Twitter supimos, realmente, todo lo que estaba pasando. Ahí fue cuando nos acojonamos de verdad, cuando leímos palabras como ‘rehenes’ o ‘secuestro’, vimos que todo era real. Me sentía cansada, pesada sin fuerzas y apagada.

P: Finalmente, gracias al hermano de su amiga pudieron salir del baño, pero no fue fácil.

R: Fue una pieza clave por la cual estoy viva, junto al señor que se cayó encima de mí. El hermano de mi amiga decidió ir en busca de una salida, junto con otras personas, porque ahí no nos podíamos quedar. Él sabía a qué se exponía, así que antes de irse se despidió de nosotros por si no volvía. Pero volvió y le seguimos hasta una puerta. No recuerdo el trayecto del baño hasta fuera. Solo recuerdo salir a una calle en la que había bastante gente.

P: Una vez en la calle, se encontraron con una mujer.

R: Sí, nos encontramos con una señora que no sabía qué pasaba. Ella iba con una bolsa llena de ropa de Zara y nosotros llenos de sangre. Decidió darnos toda la ropa para que nos pudiéramos cambiar. Pero un poco después, una señora que vivía en los edificios de al lado, nos subió a su casa. Ahí nos contaron lo del hastag en Twitter ‘#PuertasAbiertas’, para refugiar a las personas. Nos limpió y nos dio de todo. Cuando bajamos a la calle, nos encontramos con las ambulancias, policías y bomberos. Nos sentamos en la acera y fue ahí cuando nos pusieron el papel albal dorado que te he dicho al principio.

P: Tapados y sentados en la acera, ¿qué aire se respiraba?

R: Entre nosotros silencio. Nos mirábamos y los ojos lo decían todo. Fuimos 6 amigos al concierto y salimos 5. Cada uno de nosotros trataba de asimilar lo que había pasado. Es un respeto que nos hemos permitido cada uno. Tras esto, nos llevaron al hospital y recuerdo que un bombero me dijo que tenía el hombro dislocado, no me di cuenta hasta el momento. En el hospital recuerdo mucha espera y mucha gente en camillas con mucha sangre. Una frase que recuerdo mucho era algo que repetían mucho los médicos en los diagnósticos de la gente que llegaba:“son heridas de guerra” o “esto no es de una pistolita”. Yo salí del hospital de día, pero no recuerdo horas.

P ¿Cómo es el momento de la llegada a casa?

R: Estaban todas las familias reunidas en mi casa. Fuimos todos juntos desde el hospital. Hubo abrazos, silencio y enfado por la situación vivida. Recuerdo que no dormí en varios días, no salía de casa y estaba mareada. Me medicaron y poco a poco cogí los ritmos del sueño. Desde aquel día, hasta hoy, no hay día que no me acuerde. Ya sea por una imagen, un video, una noticia o un comentario. Cuando veo una noticia así, siento rabia e impotencia.

P: Imagino que recibiría llamadas y mensajes, ¿se agradecen o se prefiere tranquilidad?

R: Agradecí la preocupación de ciertas personas, por cómo eran los mensajes. A otras personas no contestaba porque sabía que lo preguntaban por morbo. Yo no quería saber nada de eso. Necesitaba apoyo sincero, no morbo.

P: Usted es periodista, ¿cómo cree que se tratan estas situaciones?

R: Horriblemente mal. No es el momento de mostrar esas imágenes o de hacer directos con esas imágenes. No digo que no hay que informar, para nada, pero la imagen que se pone en ese momento, muchas veces sobra. No entiendo el interés del morbo en estas situaciones. Antes podía entenderlo, pero desde lo de Charlie Hebdo, no lo entiendo. La gente se acostumbra a ver imágenes así y eso hace que la gente no vea la seriedad del problema ni la dureza. Te voy a decir una cosa muy dura, hay veces que es peor salir vivo, que no salir. Muchas veces he pensado que ojalá me hubiera quedado allá. Me tomé muy mal la intervención de un periodista que, poco rato después de salir de aquel horror, se acercó a mí con una grabadora y con una cámara para entrevistarme en ese momento. No podía ni hablar, y él nos quería fotografiar.

P: ¿Qué miedos o secuelas deja una situación de tal calibre?

R: Se lleva mal, muy mal. Antes no podía salir de casa, ni ir al supermercado, ni entrar al metro. Esto sí que me ha costado mucho. Mi vida es la música, me encanta, y pasé casi cinco meses sin escuchar nada. Es más, cuando te he comentado lo qué era pisar aquel suelo lleno de gente, se me olvidó casi andar. Estuve con una psicóloga y una psiquiatra y me llegó a decir que había gente que no se recuperaría jamás, que perdió todo allá. Hijos que perdieron a sus padres, maridos a sus mujeres embarazadas, hermanos a sus hermanos y al revés… Hubo gente que entró acompañado y salió completamente solo.

¿Se considera usted una persona con una mentalidad y forma de vida diferente?

Completamente. Me dejo de chorradas y confío mucho menos en la gente. He perdido a muchos amigos por esto, en el sentido de que unos me han preguntado por puro morbo, y otros ni siquiera se han preocupado. Antes era muy tolerante, ahora me he convertido en alguien muy radical. En todos los sentidos. Tanto en ideología como en trato con la gente. Es decir, soy extremista con los radicales islamistas y contra la gente morbosa.

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