[ENTREVISTA] “Me daba igual no comer con tal de tener algo de alcohol”

 

“Bebía mucho, hasta el punto de llegar a beber seis litro de vino al día”

“Más de una vez he sentido pavor por dormir, por eso dormía con el saco 
abierto”

captura-de-pantalla-2016-09-15-a-las-2-00-26-p-mMarcos Iranzo vivía en Mallorca con su mujer y sus dos hijos, Gorka y Sandra. Con el tiempo su mujer decidió no contar con él para nada. Así que se separaron. En el 2000 se fue a Alfambra, su pueblo natal, un pueblecillo de Teruel. Ahí se quedó con su madre, ya que su padre había fallecido años atrás. Comenzó a trabajar en la construcción. Manejaba máquinas de grandes dimensiones. Mandaba dinero a su familia ya que todavía la relación familiar se sustentaba. Un día su mujer le llamó y le dijo que estaba enferma de cáncer. Volvió con ella para cuidarla y cuando pareció que la situación mejoraba, volvió de nuevo con su madre. Pero perdió el trabajo y a duras penas consiguió un empleo de servicios generales en el Ayuntamiento. Su mujer no quería que él volviese a ver sus hijos, y a raíz de esto, comenzó a beber. Su único objetivo era beber: “Estaba todo el día por la calle”.

¿Qué hizo entonces?

Pues solo por el hecho de que no me viera mi madre en este estado, me fui. Sin nada. Le dije que me iba, que había conseguido un trabajo y una casa… Mentira, todo mentira. No le podía decir que me iba sin rumbo y sin nada.

Dejó a su familia, a su madre. Dejó todo. ¿Cómo era esa vida?

Pésima. Dejé de por vida el lugar donde me crié. A mi madre. A mi familia. Todo para dedicarme a beber, a ver si olvidaba.

¿Qué llevaba encima?

Una litrona de vino y mucho tabaco.

Comenzó así un viaje sin rumbo, sin destino. ¿Cómo se desarrollo todo esto?

Iba tan borracho que no sé ni cómo viajaba. Seguro que me echaban de los trenes, pero yo ni me acuerdo. Iba de un lado a otro: Zaragoza, Jaca, Calahorra…

¿Cómo llegó a Pamplona?

En julio de 2003 llegué a Pamplona. Había estado hacía unos años, y me gustaba. Buscaba un lugar tranquilo. Alejado. Y sobre todo, un lugar donde taparme. Decidí instalarme en el porche de la parroquia San Raimundo de Fitero, en el barrio de Azpilagaña. El problema es que cuando llovía de lado, me mojaba. Por ello, busqué cobijo detrás de la parroquia, en el portal número 2.

¿Cómo era la relación con los vecinos?

A algún que otro vecino se le notaba molesto. Es normal, nadie quiere un mendigo en el portal. Yo trataba de ser lo más cordial posible, aun estando borracho. Pero gracias a Dios, vi que la gente comenzaba a verme de otra manera. No me metía con nadie y era la persona más educada del mundo. O eso intenté. La gente charlaba conmigo, me contaba sus penas… Así pasaba los días.

Pero no era todo así…

Desde luego que esa es la parte bonita. Yo estaba casi todo el día borracho. Bebía casi seis litros de vino al día. Solo pensaba en beber y en beber. En nada más. Las penas se van si estoy borracho. Frío no tenía, así que bebía hasta no poder más. Para mí la comida era algo secundario. Si no comía, me daba igual, con tal de tener algo de alcohol me conformaba. Pero más de una vez he sentido pavor por dormir. Dormía con el saco de dormir abierto. Si me hacían algo y estaba todo cerrado, no podría ni sacar los brazos. Tenía que estar preparado por si acaso.

¿Su familia se enteró de la situación en la que estaba?

Sí. No sé cómo. Ya no querían hablar conmigo. Les llamaba y no me decían nada. Estaban enfadados. Pero bueno, en el estado en el que estaba, casi ni me importaba… Estuve así durante un año entero.

¿Hubo algún momento en el que su estado empeorase?

Sí. El detonante fue una llamada que hice a mi hijo, y que me volvió a colgar. Siempre me colgaba, pero ahora supe que algo raro pasaba. Algo me olía. Ya sabía por dónde podían ir los tiros de todo aquello. Decidí ir al juzgado y así me enteré de que mi exmujer, Irene, había fallecido. En ese momento no sabía qué hacer. La recaída fue brutal. Ya no solo tenía que soportar el hecho de no tener casi nada, sino que lo poco que me quedaba, lo había perdido. Bebía casi el doble. Me caía por los sitios y no sabía ni quién era durante la noche. Es más, aún recuerdo malamente una vez que me caí por las escaleras mecánicas de Azpilagaña y perdí el conocimiento. Alguien debió de llamar al 112. Yo no recuerdo nada más.

¿Qué medidas tomó?

Tras salir del hospital me di cuenta de que necesitaba un cambio. Así que fui voluntariamente a Proyecto Hombre. Quería cambiar. Necesitaba ayuda. Estaba francamente mal. En Proyecto Hombre estuve con un psicólogo. Me ayudaba con una terapia. Pero, aún así, yo seguía sin cama y solo iba ahí al psicólogo. Por eso estaba dispuesto a ingresar en el Hospital. Pero no lo conseguía. Me decían que no había camas libres. Yo lo daba todo para cambiar de vida. No tenia ningún problema en ponerme en manos de profesionales. Es más, estaba deseando. Solo quería dejar esa mala vida que estaba experimentando y poder volver a comportarme como una persona normal: estar limpio, tener un trabajo y un techo.

¿Cómo consiguió finalmente una cama en el Hospital?

Gracias a Pablo Pascual, el médico del centro de Salud de Azpilagaña. Le debo mucho. Gracias a él, en mes y medio, conseguí una cama en el Hospital.

¿Cómo era su vida ingresado en el Hospital?

Echaba de menos tener a alguien cerca. Estaba solo y puede que ahí me sintiera un poco más solo que en la calle. Veía cómo la gente y las familias hacían visitas, pero yo no tenía esas visitas. Yo me levantaba muy temprano, desayunaba y tenía una serie de actividades, como manualidades, trabajos personales… Esto es lo que hacía días tras día. Creo que gracias a mi fuerza de voluntad, en diez días conseguí dejar el alcohol y que me dieran el alta. El tabaco no lo he dejado, fumo menos, pero no le he llegado a dejar.

¿Cómo es su vida actualmente?

Vivo en un piso que unos vecinos del portal número 3 me han cedido por 200 euros mensuales, con comida, agua… Estoy muy agradecido. Yo gano 300 euros al mes trabajando en un taller de Cáritas haciendo diferentes piezas mecánicas, pero creo que puedo aspirar a algo más. Me quedan para mi 100 euros, pero les compro algo también. Intento colaborar en lo que puedo. Quiero conseguir un trabajo un poco mejor, que no sea de Cáritas para poder tener mi piso y que mi hijo pueda visitarme y ver que he conseguido cambiar. Ahora he conseguido un trabajo temporal en la Tómbola de San Fermín, montando todo. Estoy muy contento, la verdad.

Echando la mirada al pasado, ¿qué se le viene a la cabeza?

Pues te diría que pena y rabia, pero prefiero quedarme con lo bueno. Eso es algo que he aprendido, mirar el lado bueno de las cosas, por muy malas que sean. En realidad no sé cómo agradecer y devolver todo ese apoyo que he tenido durante aquellos largos y duros días. He aprendido mucho y, a pesar de la dureza de la experiencia, ahora he aprendido a valorar otras cosas. Yo vivo al día. No pienso ni le doy vueltas al futuro. Me quedan 15 céntimos en la cuenta, y qué. Hoy tengo trabajo y casa. Mañana será otro día distinto.

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