Un “bombero” SERereno

Tras un largo día, estaba tumbado en el sofá tapado con la manta e intentando desconectar de todo. Mi madre me dice que se ve un incendio desde la ventana. Me levanto de la cama, por pura curiosidad, con la manta todavía en la mano, y efectivamente, se veía una larga columna de humo.


Tras llamar a la redacción de la Cadena Ser (donde estoy haciendo prácticas) y avisar del incendio y, sobre todo, de que todavía parecía que no se tenía gran noticia de lo sucedido, me preparo en un abrir y cerrar de ojos. Esta vez tenía una acompañante muy especial que ha querido acompañarme en esta nueva aventura: mi madre. 

Nos pusimos manos a la obra. Sin saber muy bien el lugar del incendio, cogimos el coche y fuimos directos al humo. Acercándonos poco a poco, veíamos que el humo se hacía cada vez más y más grande.

Un brazo en alto de un policía nos hace parar, y abajo la frase :”lo siento, está la carretera cortada”, me interrumpe el paso. Yo, con la frase en la boca desde que salía de casa, le dije: “vengo de Cadena Ser”. “Perdone, siga, pero aparque lo más cerca posible”, me contestó.

Orgulloso de este paso, mi madre y yo fuimos poco a poco avanzando por una carreta en la que el fuego estaba a menos de cinco metros. El calor aumentaba conforme nos acercábamos. El viento avivaba el fuego acelerando todo y haciéndonos correr, de vez en cuando. 

Preguntaba a Policia Foral, bomberos, vecinos… Todos los que pasaban por ahí eran mi objetivo. De reojo veía cómo mi madre me miraba y me observaba con una cara de satisfacción, de ver como aquel niño que hace tiempo hubiese dicho, “qué a gusto estaría por ahí merodeando”, hoy, ya lo estaba haciendo, bajo (casi) el título de periodista. 

Parecía una pantalla de un juego. Cada vez íbamos acercándonos más al fuego central. El calor aumentaba y yo notaba cómo las gotas de sudor me caían por la frente. Mis manos sudaban y el iPhonee resbalaba cuando sacaba fotos. Un señor con un peto amarillo fluorescente me dijo si necesitaba ayuda. Sin vergüenza (y con un poco de miedo) le dije que quería ir donde estaba ahora mismo el fuego. Que eso era lo que me interesaba en ese momento. 


Mientras íbamos, aproveché para grabar lo que me decía, coger su testimonio y escuchar atentamente la información que, luego tendría que retransmitir en directo. 

Cuando llegamos al lugar, un humo que no dejaba ver y un calor abrasador ocupaban el ambiente. (Había cuatro periodistas más y los servicios de bomberos). Me puse junto a un bombero a unos siete metros de una gran llamarada caliente que amenizaba con cerrarnos la salida. Y así fue, el viento le apoyó y jugó en contra nuestra.

Bajo algún grito como “en cuanto podáis, salid de aquí por detrás del camión”, estuvimos un buen rato. Un humo que no me dejaba respirar dificultaba lo que quería grabar y sobre todo, no me dejaba escribir. Tos y más tos. Un caramelo y un poco de agua no me habría venido nada mal.


Junto a mí, un bombero que disparaba agua con su manguera y yo, con un móvil, un cuaderno y un boli, mirando fijamente. El traje del bombero destacaba frente a mi vaquero y mi camisa de cuadros que, sin ir más lejos, eran las únicas armas de defensa que tenía.

Solo se me venía a la cabeza el calor y lo mal que lo tenían que pasar los bomberos que estaban a un metro de las llamas, con kilos de peso y con una manguera que, si la enchufo yo, aún estoy subiendo en el aire del golpe que me da. 

Hoy he podido descubrir una faceta del periodismo que va más allá de un estudio, de un micrófono y de una silla. Pero sobre todo, he podido descubrir qué es un incendio en primera persona, la gran labor de los cuerpos de bomberos y de la gente que se presta (sin ser nada) a apoyar y a ayudar en la extinción de un incendio.

Con los cristales de las gafas negros, con una fina capa de ceniza carbonizada por mis brazos, por mi camisa y por mi pelo, y viendo que todo estaba más o menos calmado, encaro de nuevo esa larga carretera, la NA-700, que se me hizo larga, comparando con la rapidez con la que había ido en el momento del incendio. 

Al llegar a la emisora, un olor a quemado, a humo y a hoguera inundó a todos, pero eso era la prueba de que había estado ahí, y que me había ganado la cena y la cama esa noche. 

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