¿Y si la felicidad estuviera en un trozo de pan?

No es una historia real, pero sí me apetecía escribirla y compartirla.

Jaime, con solo cinco años, ha pasado una de las noches más frías de su vida. Los cuatro grados bajo cero de la noche han sido la espada clava durante todas las horas. Pero si eso fuera poco, al levantarse de su cartón no tenía un salón al que ir. Ni un baño en el que ducharse. Ni una ventana que abrir… 

Mira fijamente cómo su madre descansa unos minutos más antes de que se empiece a desvivir un día más por él. Unos dedos de leche de un cartón que alguien les ha dejado es su desayuno que tiene que compartir con su madre. Pero algo es algo. Una galleta mojada y una servilleta sucia en un cartón de las cajas de pan de la panadería, donde ahora mismo solo quedan migas y migas, eran sus muebles.

Conforme pasa la mañana, Jaime ve cómo decenas de niños van acompañados de sus padres al colegio. Ve cómo en la puerta del colegio las madres les dan un bocadillo envuelto en papel de plata. Con un rostro sucio y una vestimenta de lo más estropeada, Jaime se levanta y se acerca a la papelera más cercana para buscar un trozo de ese papel de aluminio. La basura ha sido recogida, así que las papeleras están vacías. Entre los coches ve cómo el viento lleva un trozo de ese papel, y sin pensárselo, se lanza a por él. Ni el miedo ni los pitidos de los coches pudieron con él. 

Con el papel en la mano y con la mirada fija en esos padres y sus hijos, él quería repetir lo mismo. Pero le faltaba el pan. Acercándose a la panadería para preguntar por un miserable churrusco de pan, Jaime vuelve como si llevase en su mano un lingote de oro. Envolvió el pan con el papel, pero no era suficiente. Él quería ser como uno más. Con el trozo de pan agarrado con las dos manos y descalzo se acercó a su madre, aún dormida, y bajo una vocecilla de “mama, buenos días. Corre, que llego tarde al cole”, le despertó. 

María, su madre, no sabía de que le hablaba, pero veía semejante brillo en sus ojos, que sabía que le hacia ilusión. Así que se levantó despacio, ya que su cuerpo estaba my deteriorado de vivir en la calle, cogió ese trozo de pan envuelto, y dijo: “Venga, Jaime. No te lo voy a repetir más veces. No vas a llegar al cole”. Con lágrimas en los ojos, María veía como Jaime hacia que se duchaba, que se lavaba los dientes, que barría y cerraba puertas… 

Así pues, siguiendo la ruta de los demás padres, María y Jaime fueron camino a la escuela. Nada, simplemente era cruzar un paso de cebra. Pero allá iban, de la mano y sin importarles nada. Una vez en la puerta, María le dijo a Jaime: “Toma, cariño. Tu bocata. No te voy a decir lo qué es. Sorpresa”. Jamie sabía que no podía entrar al colegio, así que su aventura había acabo ahí. Los demás niños entraban y entraban, pero él se quedó ahí.

Volviendo a sus cartones y sus mantas, Jaime miraba al trozo de pan como si de una auténtica sopresa se tratara. Y una vez sentados en las mantas, lo abrió. Y dijo: “Qué guay mamá,  no lleva nada. Me puedo imaginar de qué es… Así que, va a ser de jamón”. Y efectivamente, Jaime comenzó a comerse su trozo de pan con la ilusión de ser un bocata de jamón. 

María con las lágrimas en los ojos, vio que no tenían dinero. Que no tenían casa. Que no tenían nada… Pero una cosa se le vino a la cabeza, su hijo tenía ilusión y ganas, y eso es que más vale. 

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