“Me quedan 15 céntimos en la cuenta, y qué” – Marcos, la victoria al alcohol y a la calle

Una vida normal. Eso es lo que tenía Marcos Iranzo antes de acabar de sitio en sitio. Sin rumbo y sin ilusiones. Y sobre todo, sin nadie ni nada. Con un oscuro pasado de soledad ha conseguido, gracias a su gran fuerza de voluntad, dar un giro a su vida y empezar a ver esos brotes verdes y esos rayos de luz que, a día de hoy, son el empujón de energía que necesita.

 

Marcos Iranzo vivía en Mallorca con su mujer Irene y sus dos hijos, Gorka y Sandra. Una familia normal, con sus más y con sus menos. Todo parecía que iba bien hasta que empezaron los roces familiares. Marcos empezó a ver que su mujer Irene no contaba con él. Que se iba sola con sus hijos. Ante esta situación, Marcos e Irene tomaron la amarga decisión de separarse en el 2000. Marcos decidió irse a Teruel. Concretamente a un pueblo cerca de la localidad, Alfambra. Así pues, Marcos volvió a su pueblo natal. A su infancia. Al escenario con el que creció  y en el que pensaba que iba a poder empezar una vida. La empezó. Pero no acabó como el quería.

Marcos junto a su banco que, durante un tiempo, fue su trono

Marcos junto a su banco que, durante un tiempo, fue su trono.

Allá comenzó a trabajar en la construcción. Manejaba máquinas de grandes dimensiones. “Era un trabajo muy duro, pero ganaba bastante bien”, afirma Marcos. Mandaba dinero a su familia. Todavía la relación familiar se sustentaba. “Yo tenía la obligación de mandar dinero a mi mujer. No estaba enfadado con ella. Simplemente nos separamos. Ya está”. Marcos hubiese deseado que, a pesar de la tristeza de la separación, todo hubiese seguido así. Por desgracia, la mala suerte y la desgracia se empezó a acercar a su vida. En 2001, Irene, su mujer, enferma con un cáncer. “Mi mujer me dijo que estaba enferma. Yo supe que era algo grave. Me fui a cuidarla. Qué menos”. De esta forma, Marcos tomó el control de la casa. La limpiaba. Hacía la comida. Le cuidaba, le paseaba. Consiguió, por un momento pasajero, esa unión familiar que hace un año se rompió y que tanto de menos echaba.

Con el tiempo y gracias al tratamiento, Irene consiguió mejorar un poco. Es entonces cuando Marcos decidió volverse a Teruel. “Mi mujer ya estaba más o menos bien, yo ahí no hacía nada”, comenta. Marcos creyó oportuno el volver a irse, pensando que Irene estaba casi recuperada. Con cambios repentinos en la suerte de su vida, cuando las cosas iban bien, todo se volvía a torcer.

Tras su vuelta a Teruel, se encuentra con que las obras en las que estaba trabajando, ya no las estaba haciendo su empresa, la cual le había concedido una excedencia. Por ello, no pudo volver a trabajar en lo mismo. A duras penas consiguió entrar en el Ayuntamiento haciendo algún que otro servicio general, como la limpieza.

Con el paso de las semanas, Marcos necesitaba ver a sus hijos, por ello pidió a Irene que les dejase venir a Teruel a pasar unos día. “Le pedí que me los mandase. Que quería estar con ellos pero que no me podía arriesgar irme y a perder de nuevo el trabajo”, asegura. Pero su mujer Irene se negó. “Me dijo que ni hablar. Que no los iba a mandar”, lamenta Marcos.

“Me reboté. Me sentó fatal y empecé a beber”, recuerda tristemente Marcos. Tras esto, bebía y bebía. Aquí comienza el gran giro de la vida de Marcos. Una vida repleta de soledad, alcohol, problemas e incertidumbre. Todos los días estaba borracho y dando vueltas por su pueblo sin rumbo alguno. “La vergüenza de que mi madre me viera así me hizo marcharme de allá”. Marcos, sin pensárselo dos veces, se fue de Teruel. Con él no se llevó nada. Más que lo puesto. Dejó de por vida el lugar donde se crió. A su madre. A su familia. Todo para dedicarse a beber con el único fin de olvidar las penas, bajo una litrona de vino y mucho tabaco.

Sin acordarse de los viajes, Marcos iba de un lado a otro. Zaragoza, Jaka, Calahorra… “Iba tan borracho que no sé ni cómo viajaba. Seguro que me echaban de los trenes, pero yo ni me acuerdo”, comenta Marcos mientras mira fijamente cómo se consume su cigarrilo.

“En julio de 2003 llegué a Pamplona. Había estado hace unos años, y me gustaba”. Marcos buscaba un lugar tranquilo. Alejado. Y sobre todo, un lugar donde taparse. Decidió instalarse en el porche de la parroquia San Raimundo de Fitero. En el barrio de Azpilagaña. El problema que tenía era que cuando llovía de lado, él se mojaba. Por ello, buscó cobijo situado detrás de la parroquia. El portal número 2. “Algún que otro vecino se le notaba molesto. Es normal, nadie quiere un mendigo en el portal”, lamenta Marcos. Pero gracias a Dios, Marcos vio que la gente comenzaba a verlo de otra manera. Él no se metía con nadie y era la persona más educada del mundo. La gente charlaba con él, le contaban sus penas… Así pasaba Marcos día tras día. Hora tras hora. Minuto tras minuto.

Pero Marcos asegura que esa es la parte bonita. “Estaba casi todo el día borracho. Bebía casi 6 litros de vino al día”. Él asegura que solo pensaba en beber y en beber. En nada más. “Las penas se van si estoy borracho. Frío no tenía, así que bebía hasta no poder más”. Para él, la comida era algo secundario. Si no comía, le daba igual, con tal de tener algo de alcohol que llevarse a la boca se conformaba.

Un año en la calle da para mucho. “Se aprende mucho. Valoras cosas que antes no sabía que se podían valorar.” Pero Marcos también asegura que más de una vez a sentido pavor por dormir. “Yo dormía con el saco de dormir abierto. Si me hacían algo y estaba todo cerrado, no podía ni sacar los brazos”, explica Marcos.

“La gente, con sus penas, me abrió los ojos. Vi que había gente con problemas muy grandes, y yo podía estar mejor”, deduce Marcos. Tras esto, Marcos decidió intentar salir de ese inmenso agujero en el que estaba metido. “Tenía que cambiar algo”, asegura. Para ello, intentó dejar el alcohol y lo consiguió durante dos meses. Pero recayó.

El detonante fue una llamada que él le hizo a su hijo, y que este le colgó. “Supe que algo raro pasaba. Algo me olía”. Marcos ya sabía por dónde podían ir los tiros de todo aquello. Así que decidió ir al juzgado y ahí se enteró de la cruda realidad. Su ex mujer Irene había fallecido. Marcos asegura que no sabía que hacer. La recaída fue brutal. Ya no solo tenía que soportar el echo de no tener casi nada. Sino que lo poco que le quedaba, lo había perdido. “Me caía por los sitios y no sabía ni quien era durante la noche”, comenta Marcos.

Tras unos segundo de silencio mirándome fijamente, Marcos recuerda una vez que se cayó por todas las escaleras mecánicas de Azpilagaña y perdió el conocimiento. “Alguien debió de llamar al 112. Yo lo que es no recuerdo nada más”. Lo que más le llamó la atención de aquello fue la cara del doctor al decirle que su tasa de alcohol en sangre era excesiva. Nadie entendía por qué no estaba en un coma etílico.

Tras salir del hospital, Marcos se dio cuenta de que necesitaba un cambio. Así que fue voluntariamente a Proyecto Hombre. Una ONG que ofrece soluciones en materia de tratamiento y rehabilitación de las drogodependencias y otras adicciones.“Quería cambiar. Necesitaba ayuda. Estaba francamente mal”. En Proyecto Hombre, Marcos estuvo con un psicólogo. Le ayudada con una terapia. El seguía sin una cama, y solo iba ahí al psicólogo.

Marcos quería dar un paso más. Estaba dispuesto a ingresar en el Hospital. Pero no lo conseguía. Le decían que no había camas libres. Él estaba dispuesto a darlo todo para cambiar de vida. No tenia ningún problema en ponerse en manos de profesionales. Es más, estaba deseando. Solo quería dejar esa mala vida que estaba experimentando y poder volver a comportarse como una persona normal. Estar limpio, tener un trabajo y un techo.

Marcos mira fijamente a lo que fue su techo, la Parroquia San Raimundo de Fitero, en Azpilagaña.

Marcos mira fijamente a lo que fue su techo, la Parroquia San Raimundo de Fitero, en Azpilagaña.

Gracias al médico del centro de Salud de Azpilagaña, Pablo Pascual, consiguió finalmente ingresar en el Hospital. “Le debo mucho a Pablo. Gracias a él, en mes y medio, conseguí una cama en el Hospital”, reconoce. Una vez ingresado, Marcos asegura que echaba de menos tener a alguien cerca suyo. “Estaba solo y puede que ahí me sintiera un poco más solo que en la calle”. Él veía como la gente y las familias hacían visitas, pero él no tenía esas visitas.

Terapias, manualidades y ejercicios. Esto es lo que Marcos hacía días tras día. Gracias a su gran fuerza de voluntad, en diez días consiguió dejar el alcohol y que le dieran el alta.

Actualmente vive en un piso que unos vecinos del portal número 3 le han cedido por 200 euros mensuales, con comida, agua… “Estoy muy agradecido. Yo gano 300 al mes, me quedan para mi 100, pero les compro algo también. Intento colaborar en lo que puedo”, asegura Marcos. Trabajando en un taller de cáritas haciendo diferentes piezas mecánicas, Marcos cree que puede aspirar a algo más. Quiere conseguir un trabajo un poco mejor, que no sea de cáritas para poder tener su piso y que su hijo pueda visitarle.

Marcos asegura que aún no sabe cómo agradecer y devolver todo ese apoyo que ha tenido durante aquello largos y duros días. Él declara que ha aprendido mucho y que, a pesar de la dureza de la experiencia, ahora ha aprendido a valorar otras cosas. “Yo vivo al día. No pienso ni le doy vueltas al futuro. Me quedan 15 céntimos en la cuenta, y qué. Hoy tengo trabajo y casa. Mañana será otro día distinto.”

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