En las pequeñas cosas está la clave…

Hemos vendido a disfrutar, a pensar en el presente y dejar el pasado. Hemos venido a aprender a amar y a disfrutar de las pequeñas cosas. A menudo las personas buscamos en los grandes placeres, las posesiones, el dinero, el éxito… la felicidad. Y aunque esos logros pueden ser gratificantes, no necesariamente nos aportan esa felicidad interior que en el fondo necesitamos.

Vamos tan a lo nuestro, que sin querer dejamos de ver las cosas diarias. Cuántas veces nos pasa que en nuestra vida diaria vamos siempre por el mismo sitio al trabajo o a la Universidad, o a cualquier otro lugar, y como ese camino lo hacemos a diario, ni nos damos cuenta de que algo ha cambiado; una tienda que ha cerrado, una pared que pintaron o esas flores en el balcón que alegra con sus colores.

No sé a vosotros, pero a mí la vida me ha enseñado que las mejores cosas son las que no valen dinero. La libertad, la sonrisa de alguien, el cariño de una madre, las risas con tus amigos, los paseos, el sonido del mar, soñar, poner tu canción preferida a todo volumen, dormir… A veces nos concentramos tanto en conseguir algo, que nos perdemos lo que está pasando en este preciso momento. Puede sonar muy, pero que muy tópico, pero no tiene otro nombre que Carpe Diem

Realmente tenemos una sola oportunidad para demostrar lo que valemos, para sembrar lo que queramos sembrar de nuestra historia, y sobre todo, tenemos en nuestras manos el poder disfrutar de cada momento como si fuera el último. De ver más allá de los problemas y sobre todo, de valorar lo que tenemos. Dejar a un lado los pensamientos de lo imposible, de lo que no tenemos… y dejarnos ver por nuestras facetas, virtudes y defectos.

El conocernos, aceptarnos y querernos como somos es el mejor camino para la felicidad. Por eso mismo muchas veces no llegamos a ser felices, porque llegamos a ver en nosotros todo lo que, posiblemente, los demás no vean. Dejemos de estar pendientes de el qué dirán, y que la gente juzgue, no por lo que vea, sino por lo que hagas.

Muchos estudios aseguran que la felicidad, aparte de contagiarla, afecta directamente a tu salud. Hay muchas razones por las que sonreír durante el día, incluso en esos días negros que parece que el cielo se te viene encima y no ves ningún rayo de sol. Una sonrisa puede cambiarte a ti y a los demás. Y sobre todo, agradecerás valorar las tonterías que ocurren día a día, porque cuando faltes, se notará. Cuando no puedas hacer lo que haces, te acordarás. Porque lo que hoy no te hace gracia, mañana te pude hacer llorar…

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