El bando de los profesores me dio la espalda. Fue ahí cuando la montaña se me vino encima y estaba completamente solo

Han pasado muchos años, lo sé. Pero escribir nunca viene mal para sacar algo más de dentro. Sé que posiblemente con estas palabras no pueda expresar ni la mitad de lo que pude sentir. Pero por lo menos, escribiéndolo sí que consigo sacar el cien por cien.

Como un día más de aquellos años, yo me levanté de la cama sabiendo que tenía un entorno día por delante. Para qué decir lo que hice. Lo típico. Ducha, desayuno… Lo diferente llegaba en cuanto cruzaba aquellas altas rejas de color verde del Colegio público de Azpilagaña. Du directora, M.G. siempre estaba deambulando por los pasillos a las horas de la mañana. ¿Para qué? Pues no lo sé muy bien. Porque sinceramente no hacía nada de lo que verdaderamente tenía que hacer.

Subí los pisos del colegio y pude sentarme en mi sitio, pasando desapercibido y evitando todo tipo de miradas acechantes. Ahí conseguía un poco de felicidad. Un momento en el que sabía que, por muy mal que fuese todo, en ese momento estaba respaldado por la profesora. Parece cierto, ¿no? Pues lo era hasta, sin saber el porqué, el bando de los profesores me dio la espalda. Fue ahí cuando la montaña se me vino encima y estaba, completamente, solo.

Bajamos al recreo, y como si fuese ayer, me acuerdo que ese día me olía algo en clase. Algo iba a pasar en el recreo. Efectivamente, fue así. Comenzamos a jugar, y como siempre, yo era el que no jugaba, o, en el que caso de que sí lo hiciese, yo me la paraba todo el rato. Yo siempre aceptada. Veía una oportunidad para poder jugar y para no estar solo.

Tras estar jugando todo el rato, entre burlas y risas subimos a nuestras clases. Sin saber muy bien por qué, alguien habló con la profesora y dijo que yo había bajado los pantalones a alguien en el recreo. Por ello, la profesora (I.) decidió tomar el asunto por su cuenta y puso un banco en medio de la clase. Me obligó a subirme en él y me bajó los pantalones delante de toda la clase. En ese momento la humillación llegó a unos niveles que nadie se puede ni imaginar, y bajo la frase “si lloras te bajo también los calzoncillos” yo tuve que esperar hasta que la gran profesora decidió que el “castigo” era suficiente.

Como en cualquier otro momento, entre lágrimas y risas me bajé del banco, me subí los pantalones y me fui a mi sitio. Durante más de un día fui la “comidilla” de todos. Decidí ir a hablar con la orientadora del colegio. Ella, preguntándome todo, y viendo que estábamos ante un caso de bulliyng por parte de los alumnos y una actuación patética por parte de los profesores, no sé si por iniciativa suya o por ordenes ajenas, decidió hacer un papel y decir que yo me lo inventaba. Que al ser hijo solo quería llamar la atención. Ante eso, todas mis palabras eran, nada.

El tiempo pasaba, y llegó un momento en el que todas palabras mías se convirtieron en hechos. Amenazas y golpes. Recuerdo un día en el recreo, uno de los personajes decidió golpearme en la cabeza con una matrícula de coche rota y oxidada. No recuerdo nada más hasta aparecer sentado en mi mesa, sangrando y sin poder llamar a casa. Los profesores intentaban hacer un “bunker” con lo que pasaba en el colegio. Hasta ese momento lo consiguieron. A partir de ahí las cosas cambiaron. La Directora del centro (M.G), tras mis súplicas de atención sobre el hecho de los golpes y de las amenazas que recibí con navajas, ella decidió decirme y excusarse diciendo que eran cosas de niños. Que era un exagerado.

Yo no era nadie. Nadie me creía. Estaba solo. Siempre he querido que pase el tiempo para poder abrir todo el cajón de mierda y echárselo, con un par de huevos a toda esa gente. Gracias a Dios, hace poco pude encontrarme con I., la profesora que me bajó los pantalones. En primer lugar me crucé y ni nos miramos. Ella había envejecido muchísimo, y yo había crecido. Yo a mejor y ella a peor. La vida… Decidí darme la vuelta y preguntarle:

– Perdona, ¿eres I.? Ella me contestó que sí.

Le dije que si se acordaba de mí. Oscar Azparren. Me contestó que algo le sonaba. Ante eso me dijo que le hacía mucha ilusión que alumnos suyos le reconocieran. Ante la impotencia que tuve durante esos años y con todo el sufrimiento que llevaba encima, decidí empezar a hablar. Sin pelos en la lengua, y posiblemente arrepintiéndome ahora mismo de todo lo que le dije, comencé:

– Sí. Me acuerdo de ti perfectamente. Pero no por algo bueno. Tu como profesoras y sin tener ni puta idea de nada decidiste bajarme los pantalones delante de todos los subnormales que me estaban amargando la vida, día a día.

Ante todo eso, lo negó. Insistí varias veces con tono alto hasta que me reconoció que igual sí que lo hizo, pero que en ese caso, lo haría por mi bien. Ahora me explicas qué castigo es ese, pero bueno. Con el corazón en la mano seguí diciéndole un par de cosas:

– ¿Seguro que fue por mi bien? ¿Pero tú que clase de profesoras eres? Una mierda de profesora. Eso es lo que eres. Que profesoras como tu conseguisteis que me amargan la vida.

Viéndose entre la espada y la pared decidió irse con lágrimas en la cara. Como es lógico, sé que posiblemente a muchos de vosotros no os parezca bien la actitud que tuve. Pero me apetecía decírselo y se lo dije.

Es más, aquí digo que me quedan personas con las que estar, y lo conseguiré, por mucho que me den largas cada vez que voy al colegio para hablar con la directora o con la tutora. Que sepan que lo voy a conseguir y que todavía queda muchas más mierda por salir. Y saldrá, pero con sus nombres y toda la historia al completo. Y ellas sabiendo todo lo que hicieron. Que no se piensen que eso se quedó atrás. Para toda aquella banda, incluidos padres y profesores, puede que sí. Para mi no.

Y repito, conseguiré quedarme desahogarme con cada una de las personas que dijeron que mentía, con aquellas que me humillaron y con aquellos padres que se pensaban que sus hijos eran los putos amos, y lo único que eran, son y serán son una auténtica mierda, que rueda y rueda cogiendo más mierda y que al final será… la misma mierda.

Por todos ellos, ¡que viva la vida! Sí, esa que ellos no han sabido apreciar y han tirado a la basura creyéndose más que los demás, dándose en los morros de frente. Padres que no supieron cuidar de sus hijos. Padres que ocultaban a sus hijos. Padres que ridiculizaban a los demás. Padres… tenéis lo que os merecéis. Hijos, esos que se reían de todo. Hijos, esos que se iban a comer el mundo… tenéis lo que sembrasteis.

La vida pone a cada uno en su lugar. Si ahora tienes una vida de mierda, será por algo. Lo siento. Eso sí. Déjame ahora disfrutar de la mía. Que no lo cambio por nada. Que os sea leve la larga vida que os queda siendo como sois.

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