Vendedores de humo

Entramos en territorio político. En tiempos de campaña y en momentos de vender. Da un poco de “grima” el hecho de ver cómo te intentan vender unas ideas que, posiblemente, no las lleven a ejecutar. Es penoso ver cómo importa más un voto que un ciudadano, incluso da pena ver como lo que intentan es acceder al poder mediante un programa, en vez de usar un programa y unas ideas para aplicarlas en el poder.

Una de las quejas más frecuentes sobre los políticos es su tendencia a incumplir sus promesas, y que buscan su propio bien. Totalmente de acuerdo. La cuestión tiene dos caras. Por un lado la responsabilidad de cumplir los compromisos políticos, expresados en promesas y programas, y por otro lado, la responsabilidad de elegir con responsabilidad y sensatez que corresponde a los electores.

La pregunta es, ¿es aconsejable obligar por Ley a cumplir el programa electoral? El argumento que fundamenta este tipo de propuestas es que un programa electoral es un como un contrato. Estoy de acuerdo. pero hay tanto tipos de contratos… y claro, hecha la ley, hecha la trampa.

La alarma social por el incumplimiento de los contratos políticos aumentó con el escandaloso caso del programa con el que Mariano Rajoy y el PP ganaron las elecciones generales de 2011. Lo cierto es que el PP conocía bien la herencia que le tocaba del anterior Gobierno. Sus promesas eran completamente incongruentes con la realidad: el gigantesco déficit fiscal, y sobre todo las decisiones políticas (es decir, que tenían alternativas) de rescatar las Cajas, mantener las administraciones intactas y algunas inversiones populistas (como el AVE), hacían completamente imposible rebajar impuestos; al contrario, abocaban al rescate y al enorme crecimiento de la deuda pública mientras se reducía el crédito y aumentaba el paro.

Por lo tanto, ¿cómo obligar a los políticos a cumplir sus promesas, y hacer que los programas sean dignos de confianza? En realidad solo hay dos maneras: una es ejercer el voto crítico retirándolo a quien nos haya decepcionado o engañado, y otra, exigiendo a los partidos programas realizables con la lógica cláusula de revisión y de legalidad. Es decir, ponerlos un poco entre la espada y la parez para que se piensen más de una vez el hecho de mentir en sus programas y de tomárnos el pelo cada campaña pensando que solo somos un voto o la puerta a su triunfo. Al fin y al cabo, si nos empeñamos en que se cumpla una promesa electoral absurda estaremos exigiendo que se cumpla un fracaso, y nada más.

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Es más, me parecería obligatorio poder tener derecho ha realizar un referéndum para poder revocar a un partido que esté en el Gobierno. Una persona accede a un puesto de trabajo por sus diversas competencias, y tiene que estar día a día demostrándo su trabajo. Intentando no cometer fallos. ¿Un político quién se piensa que es? Que sepa, en primer lugar, que está ahí por gente que le ha votado. Se piensan que son intocables porque la ley así los ha hecho. Pueden mentir, pueden robar, pueden escacearse de ir a eventos… y hasta hace poco, todo iba a cargo del partido. Hasta los gastos más tontos.

Que marchen con la cara destapada y diciendo cuáles son sus verdaderos programas. Que no nos vendan la moto afirmando que el otro es peor que ellos. Que no nos engañen diciendo que ellos nunca han cometido errores y que otro sí. Echarse trapos sucios demuestra, tanto una falta de profesionalidad, como una escasa o pésima profesionalidad.

Pero bueno, todo lo que se hace mal da igual. Y llegan momentos como este (campaña) en los cuales se hacen estrategias de marketing de lo más elaboradas donde lo malo de cada partido queda ocultado y solo se hablará de cosas buenas e inciertas. Eso sí, lo malo del otro partido lo sacarán hasta en la sopa. Y en pocos momentos pensarán verdaderamente que quieren acceder al Gobierno para el bien de los ciudadanos, y que lo que hacen es solo buscar su propio vicio y su propio bien.

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Lo triste de todo esto es que no solo lo hace un partido. Lo hacen todos. Dependiendo de su poder y de su posición, pero lo hacen todos. PP, PSOE, Podemos… Todos venden cosas que no son. Todos nos toman el pelo solo por un puñado de votos. Todo esto me recuerda al momento en el que una vendedora te intenta vender el producto más estúpido del mercado y el más caro. Ha de sacar todas las artimañas habidas y por haber con tal de que lo compres. El hecho de que sea bueno o útil ya es secundario. ¿La política? Lo mismo. Solo que el sueldo no lo paga una empresa, sino que lo pagamos todos.

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