Su amor oculto

Pedro llegó a su banco sin esperanzas y con mucho frío. Bajo la triste capa de la soledad y cientos de copos de nieve que se le echaban encima, consiguió hacerse un hueco entre los cartones y las mantas para pasar la noche.

A la mañana siguiente se despertó viendo un solo color, el blanco. Estaba todo nevado: su banco, la carretera, la plaza, la fuente… Algún grito de alegría se podía escuchar desde la calle; “¡Mamá! Está todo nevado”. Él ni se inmutó. Su estado de ánimo era el mismo. Triste y asqueado con todo. ¿Qué ganaba él con eso?

La mañana pasaba y pasaba. Sin nada que llevarse a la boca, Pedro veía cómo las familias se iban de compras para la cena de Nochebuena de este sábado. ¿Y él? ¿Qué iba a ser de él? Eran sus primeras Navidades fuera de su hogar. Sin casa, sin comida, sin dinero… y una familia que no sabía dónde estaba. Su vicio por su amor destruyó todos los vínculos que tenía con su familia y con sus amigos.

El miércoles pasó rápido y lento. Rápido porque su amor lo hizo llevadero, pero lento porque son muchas horas tumbado en un banco. Cada vez quedaba menos para Nochebuena y Pedro le veía menos sentido a la vida. Siempre ha entrado al nuevo año con muchos lujos, con su familia, con sus hijos, con mucha comida incluso con su gran amor. Todo a espaldas de su familia. Siendo sinceros, su gran amor le lleva acompañando más de tres años a escondidas. Cumpleaños, bodas, tardes aburridas, noches…

Era 24 de diciembre por la mañana. Hacía más frío que cualquier otro día. Menos 4 cuatro grados. Pedro amanece derrumbado en el suelo. Su gran amor ha estado con él. Completamente destapado, abrió un ojo. Había mucho ambiente en la urbanización. Todas las familias estaban preparando todos los detalles para que todo saliese bien esa noche.

Tres míseros euros llenaban su caja de cartón mojada y estropeada. Eso era lo único que tenía para cenar esa noche. La amabilidad de la gente ese día era mayor que la de otros. De 10 céntimos ha pasado a tener tres euros. Tras varios intentos de levantarse, al final consigue ponerse en pie. Esa noche, su gran amiga le había dejado molido. Tambaleándose de lado a lado, helado de frío, despeinado y sucio se acercó al supermercado. Debido a su aspecto extraño, los dependientes le cierran la puerta. Aun enseñando sus tres euros en su sucia mano y pidiendo por favor un poco de comida que llevarse a la boca esa noche tan especial, le negaron el acceso. Debido a la gran impotencia y a su rabia, arreó un puñetazo al cristal y lo rompió. Con toda la mano llena de sangre y mareado, se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a su banco. Se desplomó cual peso muerto. Cayó sin fuerzas.

Las dependientas del supermercado, al ver la situación, llamaron a la Policía. Unos agentes se acercaron al lugar. Ellos decidieron pedir asistencia médica. Cuando la ambulancia llegó, Pedro seguía sin conocimiento. Lo trasladaron al hospital, y ahí, tras varias horas de observación y de curas, se despertó. Su reacción no fue la esperada ni la más correcta. Insultos, golpe, lloros… y todo para preguntar dónde estaba su gran amiga. La quería. Quería estar con ella. Los médicos no sabían de lo qué hablaba. Al ver su comportamiento tan agresivo, el doctor con la ayuda de varios celadores y asistentes lo sedaron.

Pedro pasó la Nochebuena en el hospital. Acompañado toda la noche por un enfermero. Lloró y le contó gran parte sus problemas, pero no dijo nada de por qué había roto con todas sus amistades y con su familia. Él hablada de su gran amor. Ese que le daba cosas que su mujer y sus hijos no llegaban a darle. El enfermero no entendía ese amor, pero le dijo que los cuernos eran una cosa pésima. Ante este comentario Pedro empezó gritar de nuevo: “¡no son cuernos! ¡tú no lo entiendes! ¡la necesito ahora! ¡traédmela! Estuvo más de quince minutos gritando de esta manera. Luego se derrumbó y se puso a llorar.

Los médicos no podían hacer un diagnostico claro y no sabían qué le pasaba. Estuvo en observación hasta el 30 de diciembre. Ese día le dieron el alta. Nada más salir volvió a su banco a ver si estaba aún su gran amor. Ahí estaba, esperándole. Volvió a la rutina. Por un lado echaba de menos el hospital; calor, comida, atención, gente… pero él no podía vivir sin su amiga y en el hospital no le dejaban entrar. Cada día reforzaba más su amistad con ella.

A un día de entrar al nuevo año, Pedro veía a través de las ventanas de los adosados cómo la gente ultimaba los detalles para la gran noche. Al igual que en Nochebuena, Pedro no aguantaba eso. Esa alegría que la gente tenía no la quería ver. Sintiéndose cada vez inferior a los demás, deseaba que pasase todo más rápido. Volvió a recurrir a su amiga.

Por fin llegó el 31 de diciembre. Todas las familias lo estaban deseando, menos Pedro. El día amaneció nevado y las calles estaban iluminadas. Él no podía aguantar más. Su amor no estaba, aún no había llegado. El día paso lentísimo, no podía más. La ira y el ansia lo comían por dentro.

Con un solo trozo de pan que llevarse a la boca llegaron las 11 de la noche. Mientras Pedro veía nevar, un conocido suyo trajo a su amor en un bote. La recogió con amor  a cambio de todo el dinero que había robado y que le habían dado.

Cuando llegaron las 12 y sonaron las campanadas, vio cómo todas las familias se abrazaban y brindaban por un nuevo año. Pedro, al verse tan solo, duplicó su amor y en medio de la calle, delante de todas esas ventanas iluminadas por las luces del árbol de Navidad, se apretó el antebrazo con una cuerda, buscó la vena y se inyectó rápidamente y con desesperación. Se desplomó en medio de la calle bajo un manto de nieve helada. Así entró al nuevo año, sin su familia ni sus amigos, pero acompañado de su gran amor.

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